Afrodita
Ana metió los dedos en su garganta y vomitó
la torta de chocolate.
Entonces sintió que un fuego le quemaba el esófago…
Sabía que si su madre la descubría la
llevaría al médico y al psicólogo
de inmediato, pero ella sólo pensaba en Juan,
el nuevo compañero del Colegium que ni siquiera
la había mirado y quien probablemente jamás
fijaría sus ojos en ella.
Ana había cubierto los espejos de su dormitorio
pues odiaba ver su propia imagen. Vestía grandes
camisas sueltas y comía pasteles a escondidas.
Luego metía dos dedos en su garganta y anulaba
culpas y calorías.
Los medios de comunicación le mostraban un
modelo de mujer alta y delgada como expresión
de La Belleza… y de aquellas que siempre tendrían
un lugar asegurado en la sociedad y en el corazón
de los hombres. Pero ella no estaba entre las elegidas.
La gata Afrodita intentaba en vano consolarla, pero
sus esfuerzos discursivos terminaban en excéntricos
maullidos que Ana no sabía interpretar. Pensaba
que su gata loca percibía fantasmas…
Sin embargo el único que merodeaba por la casa
era el fantasma de su gordura …
Ana había oído la palabra “bulimia”
pero negaba que tal cosa tuviera que ver con ella. Sólo
había hecho “eso” tres veces …
De todas maneras, su secreto le pesaba, especialmente
cuando le ardía el esófago.
Aquella tarde había decidido informarse sobre
el asunto.
Estaba sola. Entró a la biblioteca de su padre
y comenzó a buscar en los anaqueles. En la búsqueda,
un libro cayó abierto en la página 32.
Sus ojos se detuvieron en el párrafo que decía:…”En
la región del Africa Central donde la belleza
femenina está sólo identificada con la
obesidad…”.
Abandonó la búsqueda y se sentó
con aquel libro.
Durante una hora, leyó maravillada acerca del
rito de iniciación de la joven Aluwa quien habiendo
alcanzado pubertad, debía lograr la máxima
belleza.
Las viejas de la tribu la habían separado de
la aldea durante casi un año. En ese largo tiempo
de descanso había sido alimentada con leche de
coco, paltas, bananas, pescados grasos, robustos gusanos,
mieles y néctares sustanciosos. Su cuerpo había
sido untado día tras día con espesos aceites.
Suave y resbalosa, su piel se iba tornando brillosa
bajo el sol de los trópicos. Cuando su vientre
comenzó a lucir rollizos pliegues que caían
como las guirnaldas de azúcar de un pastel de
cumpleaños, Aluwa supo que el momento esperado
estaba cercano. Poco tiempo más tarde retornaría
a la aldea y en una magnífica fiesta tribal,
sería presentada a su prometido.
Así esplendorosa, obesa, carnosa, rolliza y brillosa
se entregaría a Ilo, quien caería de rodillas
ante ella, impresionado ante tanta…tanta…
Belleza…
Ana cerró el libro y apoyó la nuca sobre
el respaldo del sillón.
Pensó que al menos en algún lugar del
mundo ella estaría entre las más hermosas…
Fugazmente reconfortada sintió deseos de mirarse
al espejo. Fue a su cuarto y descubrió el más
grande, donde podía verse de cuerpo entero.
Se quitó la ropa. Se miró de frente
y de perfil, una y otra vez ... Pero no había
caso ….¡Odiaba esa imagen !!!
Presa de ira arrojó un zapato contra el espejo,
luego el otro, luego arrancó las cortinas con
fuerza y finalmente se tiró en la cama a llorar
desconsoladamente.
Afrodita trataba de consolarla mordisqueando su nuca
y lamiendo sus lágrimas … pero todo era
inútil.
Acurrucada junto a su gata, Ana tardó largo
rato en serenarse.
Miró las copas de los árboles a través
de la ventana y pensó que a pesar de todo, tal
vez fuera bueno conversar con su madre acerca de lo
que le estaba pasando. La decisión estaba tomada.
Hablaría con ella esa misma noche.
De pronto se dio cuenta que era tarde. Saltó
de la cama, se dio una ducha, maquilló sus ojos
para disimular el llanto y se fue.
La entrada al Colegium estaba muy concurrida.
Sin detenerse a hablar con nadie, subió tres
escalones y abrió la puerta del hall de entrada.
Al hacerlo se topó con Juan Inevitablemente sus
ojos se encontraron… Turbada ella siguió
su camino, pensando que se vería más horrible
que nunca.
Él en cambio, asombrado porque nunca la había
visto, se detuvo…
Cautivo, envuelto en su perfume, se quedó mirando
cómo esas caderas ondulantes y esos dos glúteos
carnosos se alejaban de él, como los frutos exóticos
de un paraíso perdido….
- ¡Por todos los cielos! ¡ Que mujer …!!!!!
pensó.
Y Ana se esfumó en la multitud del patio sin
saber que aquella tarde, ella fue la diosa de un paraíso,
que no estaba perdido.
Laura C. Ratto
Antropóloga y Escritora
Diciembre de 2004
Bs. As. Argentina
Nota: El
rito de engordamiento en cierta región de Africa
Central es real y sus datos se hallan mencionados en
la obra: “El Hombre y la Cultura”
de la Antropologa Ruth Benedict.
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