AfroditaAna metió los dedos en su garganta y vomitó la torta de chocolate. Sabía que si su madre la descubría la llevaría al médico y al psicólogo de inmediato, pero ella sólo pensaba en Juan, el nuevo compañero del Colegium que ni siquiera la había mirado y quien probablemente jamás fijaría sus ojos en ella. Ana había cubierto los espejos de su dormitorio pues odiaba ver su propia imagen. Vestía grandes camisas sueltas y comía pasteles a escondidas. Luego metía dos dedos en su garganta y anulaba culpas y calorías. Los medios de comunicación le mostraban un modelo de mujer alta y delgada como expresión de La Belleza… y de aquellas que siempre tendrían un lugar asegurado en la sociedad y en el corazón de los hombres. Pero ella no estaba entre las elegidas. La gata Afrodita intentaba en vano consolarla, pero sus esfuerzos discursivos terminaban en excéntricos maullidos que Ana no sabía interpretar. Pensaba que su gata loca percibía fantasmas… Ana había oído la palabra “bulimia” pero negaba que tal cosa tuviera que ver con ella. Sólo había hecho “eso” tres veces … De todas maneras, su secreto le pesaba, especialmente cuando le ardía el esófago. Aquella tarde había decidido informarse sobre el asunto. Abandonó la búsqueda y se sentó con aquel libro. Las viejas de la tribu la habían separado de la aldea durante casi un año. En ese largo tiempo de descanso había sido alimentada con leche de coco, paltas, bananas, pescados grasos, robustos gusanos, mieles y néctares sustanciosos. Su cuerpo había sido untado día tras día con espesos aceites. Suave y resbalosa, su piel se iba tornando brillosa bajo el sol de los trópicos. Cuando su vientre comenzó a lucir rollizos pliegues que caían como las guirnaldas de azúcar de un pastel de cumpleaños, Aluwa supo que el momento esperado estaba cercano. Poco tiempo más tarde retornaría a la aldea y en una magnífica fiesta tribal, sería presentada a su prometido. Ana cerró el libro y apoyó la nuca sobre el respaldo del sillón. Se quitó la ropa. Se miró de frente y de perfil, una y otra vez... Pero no había caso… ¡Odiaba esa imagen! Acurrucada junto a su gata, Ana tardó largo rato en serenarse. Miró las copas de los árboles a través de la ventana y pensó que a pesar de todo, tal vez fuera bueno conversar con su madre acerca de lo que le estaba pasando. La decisión estaba tomada. Hablaría con ella esa misma noche. De pronto se dio cuenta que era tarde. Saltó de la cama, se dio una ducha, maquilló sus ojos para disimular el llanto y se fue. La entrada al Colegium estaba muy concurrida. Él en cambio, asombrado porque nunca la había visto, se detuvo... Y Ana se esfumó en la multitud del patio sin saber que aquella tarde, ella fue la diosa de un paraíso, que no estaba perdido.
Nota: El rito de engordamiento en cierta región de Africa Central es real y sus datos se hallan mencionados en la obra: “El Hombre y la Cultura” de la Antropóloga Ruth Benedict. |
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